Lo que se ha vivido estos días se siente muy distinto a lo del 2011. Eso de hace 8 años fue como un regalo inesperado en un día de lluvia. Que llegó para alegrarnos momentaneamente. La navidad, para nosotros, fue ir al mundial. Nuestro deseo máximo por décadas que terminó, bueno, de una forma un poco agridulce, pero sin reproche. Tal vez gracias a eso el haber logrado lo impensado, y ahora estar por jugar nuestra primera final en tantos años, es casi imposible de medir. Ya he vivido demasiadas amarguras gracias al fútbol como para decir algunas cosas en voz alta (prefiero ir con calma) pero, quiero atreverme a soñar. Quiero ser, otra vez, incauto como en el 2011, porque reconozco lo complicado que se presenta el escenario. Que mejor ni mirar las estadísticas, ni pensar en el rival. No quiero pensar en eso, quiero soñar con gente tocando claxons y cantando en la calle. En abrazos, y en goles. Quiero soñar, pero no sé si ya me hice muy viejo, hay cosas que me quieren jalar hacia la ansiedad y la angustia. Que el árbitro, que el VAR, que la localía... No sé. Estos días son para soñar pero, también, son para entrar en razón. A esta final no llegamos de suerte, fue con un baile de aquellos. Tampoco pasamos de 4tos sin luchar: estos chicos no se fallaron ni un penal. Tal vez después de tantos golpes, tantos años, me acostumbré a las cosas difíciles. Yo no sé si lo de mañana sea una fiesta o no, ojalá que sí. Solo sé que estos chicos me están acostumbrando a sonreir. De vez en cuando, como la vida misma. No todo van a ser triunfos pues, pero me están haciendo soñar, una vez más, y eso es lo que importa: pase lo que pase, sea lo que sea que tengamos al frente, seguir luchando, seguir SOÑANDO. Todo comienza ahí.
Que mañana sea un día como mucho sol. Sueño con eso. Pase lo que pase.



